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«Colibrí», de Mirta Pegito

Hoy temprano, camino a la estación, me sorprendió un colibrí revoloteando entre las flores.

Quise pensar que era mi padre deseándome buen día.
Puede que ese pensamiento mágico, sin asidero alguno, se vea reforzado por el hecho que ya soy grande y, a veces, me pongo más sensible, casi sin razón o por todas las razones juntas de la vida (incluyendo su muerte prematura); sensible como siempre pero más a borbotones, como una loca callada que llora a veces en silencio .

O puede ser también porque soy así desde que tengo memoria, y nada tiene que ver la edad ni el paso de los años, y me da la real gana que ese colibrí sea mi padre que viene a decirme que aún vale la pena levantarse cada mañana, como él lo hizo, para seguir adelante.

O tal vez, sí, creo que esta vez no me equivoco y es por esto, (ahora sí no hay duda), es y será porque nunca he dejado de extrañarlo.

Lo miro nuevamente y veo (se va, vuelve, se esconde de mis ojos) el denodado esfuerzo de su batir de alas y también su fugaz levedad de terciopelo verde.

Tornasol. Desespero alado. Agitación sin descanso. Dónde y cuándo descansa. No descansa.
No puedo verte.
Se me ha deshilachado tu voz. Tu imagen detenida en cuatro fotos. Blanco y negro. Es poco.
No puedo verte.

Esta mañana, camino a la estación, se me acercó mi padre, y con la levedad de un colibrí, me habló al oído.
Mirta Pegito

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